A más de 1.700 kilómetros al sur de Buenos Aires, los habitantes de la patagónica Comarca Andina dejaron de ver el sol con normalidad. Desde hace más de un mes, las llamas devoran los bosques nativos, los pastizales y más de un centenar de casas de esta región de la provincia de Chubut, en el sur de Argentina. Son los incendios más graves de la última década y ya se consumieron más de 55.000 hectáreas, el equivalente a casi toda la ciudad de Madrid, según informes del Servicio Provincial de Manejo del Fuego (SPMF). Con un Estado que llega tarde y con pocos recursos, las brigadas voluntarias se multiplican para salvar todo lo que sea posible. El primer incendio comenzó a mediados de diciembre, tras la caída de un rayo en una zona de difícil acceso del Parque Nacional los Alerces. La sequía extrema, los vientos persistentes y las altas temperaturas facilitaron que el fuego se mantuviera activo durante semanas y terminara por expandirse hacia áreas habitadas.En enero, otros focos intencionales agravaron la situación y convirtieron la emergencia en un fenómeno regional. Desde entonces, el humo se volvió parte del paisaje cotidiano. El cielo adoptó un tono opaco y la rutina quedó alterada en pueblos pequeños, donde la primera respuesta no provino solo de los organismos oficiales, sino también de los propios vecinos.Vivienda afectada por el paso de los incendios forestales en Chubut.Marcos HuismanVioleta Millacán ha estado trabajando como brigadista durante dos décadas en una base próxima a la región afectada. “Jamás vi un fuego de tal magnitud, este lo consumió todo”, sostiene. Sus jornadas empiezan a las siete de la mañana y terminan cerca de las nueve de la noche en terrenos difíciles y empinados. “La superficie es loma, piedra, subida. Por ahí tenés que andar gateando para subir al terreno y tener un estado físico medianamente lo mejor que puedas, porque te va a jugar en contra si no lo tenés”, relata.Explica que, cuando el viento cambia, el fuego se torna impredecible y que la fatiga del cuerpo es permanente: “Sentís la temperatura en la superficie del cuerpo. El miedo siempre está presente, pero no puede vencerte. No se puede luchar si te derrota”.Millacán conoce la dinámica del fuego y cómo la vegetación local reacciona de forma distinta. En el sector del Parque Nacional Los Alerces, la lenga mantiene el calor por dentro del tronco, mientras que el ñire se quema rápidamente por la rotación del viento.Miedo en la madrugadaTahiel Elal Flores, de 24 años, reside en Villa Futalaufquen, una de las zonas aledañas al área protegida, y posee una formación elemental en extinción de incendios. Decidió unirse cuando el fuego empezó a extenderse hacia áreas pobladas y dejó de ser un problema distante.Elementos de Protección Civil en la provincia de Chubut, el 2 de febrero.Nicolas Palacios (REUTERS)“Me percaté de que era momento de actuar cuando el fuego, que se había mantenido durante semanas en un lugar alejado, alcanzó la zona donde vive la gente”, relata. Un foco que parecía apagado se encendió otra vez una madrugada en los alrededores del río Rivadavia: “Cerca de las dos de la madrugada alguien grita: ¡Fuego! Y ahí estaba, el lugar que había arrancado un foco a la tarde estaba volviendo a arder”.Junto a familiares y brigadistas de refuerzo, trabajaron hasta las cuatro de la madrugada. Cuando no hay agua, Tahiel recurre a la sofocación, que se trata de enterrar troncos prendidos para quitarles el oxígeno. “Otra cosa que tratamos de hacer es hacer una franja en el suelo libre de combustible rodeando el foco, para que este no se siga propagando por abajo”, agrega.Para Flores, ver arder un ejemplar milenario de alerce es como ser testigo de la incineración de la historia y de la ruptura de ciclos biológicos que no se pueden recuperar. “Mi objetivo primordial era interrumpir esa progresión. Si ese árbol seguía en llamas, el fuego acabaría extendiéndose por las raíces o las copas hasta alcanzar al árbol vecino, que todavía estaba intacto. Era el momento de romper la cadena”, recuerda.Asegura que, a veces, el fuego logra vencer: “A pesar de que cuentes con una reserva de agua de gran tamaño, no hay manera de detenerlo. Lo que más agota es cuando el esfuerzo de toda una tarde no rinde frutos”.Vecinos de la localidad de Chubut, afectados por los incendios.Marcos HuismanTomás Ledesma, de 26 años, no está incluido en el sistema estatal de brigadas. Después de ver solicitudes de ayuda que circulaban por las redes sociales, se ofreció como voluntario junto a otros jóvenes en Cholila, una de las localidades más afectadas. Colaboraron en las labores de soporte a los brigadistas oficiales y recibieron instrumentos básicos. Ledesma tiene presente que el primer día fue un golpe de realidad. “Nos sentamos a tomar unos mates durante diez minutos y el fuego se reavivó al lado nuestro”, afirma. “Ahí comprendés que no hay tregua, se viene a la mente el desastre ambiental que genera un incendio forestal quemando todo a su paso sin piedad. Eso me genera ira e impotencia, entonces lo único que quiero es trabajar el terreno para que no siga quemando bosques, animales y todo su entorno”.Comida y donacionesMientras las brigadas combaten las llamas en la montaña, la red de apoyo se organiza lejos del frente de fuego. Zulma Villagrán es jubilada y vecina de una de las localidades afectadas. Desde el inicio de la emergencia coordina, junto a otros habitantes, un sistema comunitario de asistencia para quienes regresan exhaustos de la línea de combate.Desde hace semanas, se preparan alimentos calientes y se coordina la donación para brigadistas y voluntarios. “Ellos llegan con los ojos irritados por el humo, con ampollas y totalmente cansados”, aclara. Sus hijos también forman parte del combate: “Una hace lo que puede, ya que verlos salir todos los días sin saber cómo regresan causa mucha angustia”.Vista del incendio en Chubut, el 2 de febrero.Gonzalo Keogan (REUTERS)La logística básica, que incluye el abrigo, la alimentación y el descanso, fue asumida por vecinos que nunca imaginaron ser parte de una emergencia ambiental tan grande debido a la falta de una estructura estatal adecuada.Menos prevención, más riesgoLa emergencia se desarrolla en un contexto de recortes presupuestarios y cambios en la gestión del combate del fuego en Argentina. Un informe de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) advierte sobre una fuerte reducción de los fondos destinados a la prevención y el debilitamiento de los sistemas de alerta temprana, claves para anticipar incendios en regiones de difícil acceso como la Patagonia.El año pasado, el 25% del presupuesto destinado a prevención y combate de incendios, quedó sin ejecutar. Los recortes económicos han ido de la mano de un cambio político: el manejo del fuego dejó de depender de Ambiente y pasó a ser controlado por el Ministerio de Seguridad. El mayor peso de una lógica reactiva limita la capacidad de respuesta frente a incendios cada vez más frecuentes y extensos, impulsados por la crisis climática.Tanto en el cielo como en las oficinas, se evidencia hoy la fragilidad operacional. Las horas de vuelo de los aviones hidrantes, que son cruciales para luchar contra el fuego en la geografía inaccesible de la Patagonia, han sido recortadas. Frente a las 5.100 horas que se estimaban para 2023, en este ciclo de 2026 solo están disponibles 3.100.Restos de una vivienda en El Hoyo, en Chubut.Marcos HuismanPara Millacán, la pérdida va más allá de lo material. El daño al ecosistema, dice, tendrá consecuencias durante décadas. “Se quema un patrimonio que tardará mucho tiempo en recuperarse. Uno está acostumbrado a observar las montañas verdes. Tener la comarca bajo esa cubierta gris duele”, subraya.En una Argentina atravesada por recortes en el área ambiental, la defensa del bosque patagónico quedó, una vez más, en manos de sus habitantes. Brigadas voluntarias, redes solidarias y cocinas comunitarias sostienen hoy la última línea de defensa de un ecosistema milenario, amenazado por un fuego que ya se volvió rutina.

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